Hola,
Esta misma semana estuve en el cementerio de Ibi. No acudía por allí desde el 4 de noviembre de 2010. No es que me negara a ir, pero tampoco nacía de mí la voluntad de hacerlo. Simplemente, no había surgido la ocasión. Ni siquiera en fechas tan señaladas como el 9 de enero, el 25 de septiembre o el 1 de noviembre. Pero al final, este 27 de diciembre mi madre me pidió que la llevara al camposanto, así que, a la vez que hacía el favor familiar, pensé que era una oportunidad para volver por el lugar, aunque no sea una de esas visitas que a priori pasan por ser agradables.
La meteorología acompañaba... para conformar una imagen demasiado tópica de un cementerio. Pasaban pocos minutos de las cinco de la tarde, y el cielo cubierto restaba aún más luz a la tarde de diciembre. Un viento fuerte y helado hacía las veces de aliño desapacible, rompiendo con su silbido el férreo silencio. Había otro coche en la puerta, por lo que probablemente debía haber alguien más por allí, pero las dimensiones del camposanto ibense dan pie a la posibilidad de que te pases horas en el lugar y no te encuentres a nadie. Así nos ocurrió a mí, a mi madre y a la tía que nos acompañaba.
Observé con cierta calma las hileras de nichos cercanas a la entrada por la que accedimos. Personas fallecidas desde el año 2009 hasta ahora. Inmediatamente, reconstruí una parte del historial de sucesos con víctimas mortales ocurridos en Ibi desde entonces, al identificar varios nombres con otros tantos episodios tristes. Recordé que vivir en un pueblo y trabajar en un periódico de ámbito reducido tiene inconvenientes como éste, el de revivir la tristeza de personas próximas a ti, e incluso la tuya propia. En aquel sector reposan, entre los de otros muchos, los restos de mi tío fallecido en abril de 2009; de mi hermano, y también de un vecino mío que recibió el año 2011 desde la cama de un hospital de Valencia del que ya sólo salió, inerte, a finales de enero. Me detuve también ante el nicho donde sigue bien viva la memoria de una joven que no llegó a cumplir los 19 años por culpa de un terrible accidente de tráfico. Velas, fotografías, poemas escritos por sus amigas y un sinfín de flores mantienen su recuerdo, de una forma tan bonita como amarga, capaz de desolar a quien nunca tendrá oportunidad de conocerla.
En esto, dio en aparecer por allí un gato. Bien grande, de color blanco y gris, restregando la cabeza y el lomo por las lápidas. Me llamó la atención que la cola le hacía una especie de doble curva, como si fuera una versión felina de Pikachu. Viendo que parecía manso, lo llamé. Acudió enseguida hacia mí y se dispuso para ser acariciado, respondiendo al paso de mis manos por su lomo con prolongados ronroneos y restregando su cabeza por mis rodillas. Observé que estaba castrado, algo que, unido a su volumen, me hizo pensar que el animal sería de alguien que vivía cerca del cementerio, o quizá de los propios enterradores que residen en el recinto. Traté de tomar en brazos al gato y se dejó, como si se hubiera criado conmigo. Allí arriba siguió ronroneando, feliz, durante algunos minutos.
Sé que podrá parecer absurdo, o tal vez cursi, o quizá infantil, pero la presencia de aquel gato transformó la ingratitud de la visita en un instante agradable. Aquel animal era un soplo de vida en un lugar tan triste y vacío como un cementerio; y aquellos ronroneos, una muestra de cariño desinteresado en el mejor momento, cuando la desazón había empezado a hacer mella. Un simple gato era capaz de ayudar a sobrellevar la dura melancolía.
Solté al animal, y me siguió en todos los pasos que di hasta que salí del cementerio. Antes de irme, miré a la lápida donde una imagen de San Jorge ilustra una inscripción donde figura el nombre de Miguel Ángel y unos apellidos iguales a los míos, junto a la edad de 41 años y la fecha del 25 de septiembre de 2010. Envié varios besos a la pared, mientras pensaba: "Cuánto te echo de menos". Después, me encaminé hacia la puerta, junto con mi madre y mi tía, mientras la claridad empezaba a ser ya escasa y el viento resultaba todavía más molesto y cortante.
El gato me siguió, pero se quedó en la puerta, como si quisiera despedirse de mí hasta la próxima. Mientras subía al coche, podía verlo en el interior. Permaneció un poco en el umbral, relamiéndose una pata, y después volvió hacia adentro, restregándose otra vez por las lápidas de los nichos más bajos. La estampa me hizo muchísima gracia, porque, definitivamente, aquel gato estaba hecho todo un anfitrión y, además, parecía ser un verdadero experto en animar a las visitas, ayudándolas a sobrellevar el trance que siempre supone acudir a un cementerio.
Aquel minino, rayo de vida y de ternura en la república mortuoria, me recordó aquello de que siempre hay algún motivo para sonreír, por absurdo que pueda resultar a veces. Que siempre hay algo capaz de devolver la alegría, de transmitir ilusión hacia algo, y que anima a seguir viviendo todos y cada uno de los días. Por ello, aquel encuentro tuvo para mí mucha más trascendencia de la que pudiera dar a entender 'per se' el ver un gato meloso y obsequiarlo con unas cuantas caricias en el lomo.
Por eso, se me ocurrió que compartir este encuentro con un gato en el cementerio de Ibi tal vez podría ser una forma de transmitir ese ánimo. Ánimo, en este último día de 2011, no para el año que está a punto de entrar en sí, sino para todas y cada una de sus jornadas, por aquello de que siempre hay algún motivo para seguir. O más de 100, como se encargó de recordarnos Joaquín Sabina en aquella espléndida canción.
Así, cuando llevaba siete meses sin actualizar esta bitácora y me había planteado seriamente su supresión definitiva, he decidido no hacerlo. Porque aquel gato es el ejemplo de la metáfora de que incluso aquí hay también mucha vida por delante. Puede que las entradas sean más espaciadas, o quizá incluso esporádicas, pero suficientes para mantener la llama. La luz que nunca se apaga, que decían The Smiths.
Voy a finalizar esta entrada con una canción que para mí ha marcado la pauta de este 2011 que termina, y no es ni de Joaquín Sabina ni de The Smiths:
Xoel López, otrora Deluxe, ha sido la clave: cada día es una reconstrucción de uno mismo. Cada jornada es una nueva oportunidad de hacer un enterramiento en el cementerio del pasado y, desde la más absoluta humildad, disponerse a vivir 24 horas más.
Feliz 2012 y, para no variar...
...Saludos al personal.
Tarde del 31 de diciembre de 2011