31 diciembre 2011

Un gato en el cementerio

Hola,

Esta misma semana estuve en el cementerio de Ibi. No acudía por allí desde el 4 de noviembre de 2010. No es que me negara a ir, pero tampoco nacía de mí la voluntad de hacerlo. Simplemente, no había surgido la ocasión. Ni siquiera en fechas tan señaladas como el 9 de enero, el 25 de septiembre o el 1 de noviembre. Pero al final, este 27 de diciembre mi madre me pidió que la llevara al camposanto, así que, a la vez que hacía el favor familiar, pensé que era una oportunidad para volver por el lugar, aunque no sea una de esas visitas que a priori pasan por ser agradables.

La meteorología acompañaba... para conformar una imagen demasiado tópica de un cementerio. Pasaban pocos minutos de las cinco de la tarde, y el cielo cubierto restaba aún más luz a la tarde de diciembre. Un viento fuerte y helado hacía las veces de aliño desapacible, rompiendo con su silbido el férreo silencio. Había otro coche en la puerta, por lo que probablemente debía haber alguien más por allí, pero las dimensiones del camposanto ibense dan pie a la posibilidad de que te pases horas en el lugar y no te encuentres a nadie. Así nos ocurrió a mí, a mi madre y a la tía que nos acompañaba.

Observé con cierta calma las hileras de nichos cercanas a la entrada por la que accedimos. Personas fallecidas desde el año 2009 hasta ahora. Inmediatamente, reconstruí una parte del historial de sucesos con víctimas mortales ocurridos en Ibi desde entonces, al identificar varios nombres con otros tantos episodios tristes. Recordé que vivir en un pueblo y trabajar en un periódico de ámbito reducido tiene inconvenientes como éste, el de revivir la tristeza de personas próximas a ti, e incluso la tuya propia. En aquel sector reposan, entre los de otros muchos, los restos de mi tío fallecido en abril de 2009; de mi hermano, y también de un vecino mío que recibió el año 2011 desde la cama de un hospital de Valencia del que ya sólo salió, inerte, a finales de enero. Me detuve también ante el nicho donde sigue bien viva la memoria de una joven que no llegó a cumplir los 19 años por culpa de un terrible accidente de tráfico. Velas, fotografías, poemas escritos por sus amigas y un sinfín de flores mantienen su recuerdo, de una forma tan bonita como amarga, capaz de desolar a quien nunca tendrá oportunidad de conocerla.

En esto, dio en aparecer por allí un gato. Bien grande, de color blanco y gris, restregando la cabeza y el lomo por las lápidas. Me llamó la atención que la cola le hacía una especie de doble curva, como si fuera una versión felina de Pikachu. Viendo que parecía manso, lo llamé. Acudió enseguida hacia mí y se dispuso para ser acariciado, respondiendo al paso de mis manos por su lomo con prolongados ronroneos y restregando su cabeza por mis rodillas. Observé que estaba castrado, algo que, unido a su volumen, me hizo pensar que el animal sería de alguien que vivía cerca del cementerio, o quizá de los propios enterradores que residen en el recinto. Traté de tomar en brazos al gato y se dejó, como si se hubiera criado conmigo. Allí arriba siguió ronroneando, feliz, durante algunos minutos.

Sé que podrá parecer absurdo, o tal vez cursi, o quizá infantil, pero la presencia de aquel gato transformó la ingratitud de la visita en un instante agradable. Aquel animal era un soplo de vida en un lugar tan triste y vacío como un cementerio; y aquellos ronroneos, una muestra de cariño desinteresado en el mejor momento, cuando la desazón había empezado a hacer mella. Un simple gato era capaz de ayudar a sobrellevar la dura melancolía.

Solté al animal, y me siguió en todos los pasos que di hasta que salí del cementerio. Antes de irme, miré a la lápida donde una imagen de San Jorge ilustra una inscripción donde figura el nombre de Miguel Ángel y unos apellidos iguales a los míos, junto a la edad de 41 años y la fecha del 25 de septiembre de 2010. Envié varios besos a la pared, mientras pensaba: "Cuánto te echo de menos". Después, me encaminé hacia la puerta, junto con mi madre y mi tía, mientras la claridad empezaba a ser ya escasa y el viento resultaba todavía más molesto y cortante.

El gato me siguió, pero se quedó en la puerta, como si quisiera despedirse de mí hasta la próxima. Mientras subía al coche, podía verlo en el interior. Permaneció un poco en el umbral, relamiéndose una pata, y después volvió hacia adentro, restregándose otra vez por las lápidas de los nichos más bajos. La estampa me hizo muchísima gracia, porque, definitivamente, aquel gato estaba hecho todo un anfitrión y, además, parecía ser un verdadero experto en animar a las visitas, ayudándolas a sobrellevar el trance que siempre supone acudir a un cementerio.

Aquel minino, rayo de vida y de ternura en la república mortuoria, me recordó aquello de que siempre hay algún motivo para sonreír, por absurdo que pueda resultar a veces. Que siempre hay algo capaz de devolver la alegría, de transmitir ilusión hacia algo, y que anima a seguir viviendo todos y cada uno de los días. Por ello, aquel encuentro tuvo para mí mucha más trascendencia de la que pudiera dar a entender 'per se' el ver un gato meloso y obsequiarlo con unas cuantas caricias en el lomo.

Por eso, se me ocurrió que compartir este encuentro con un gato en el cementerio de Ibi tal vez podría ser una forma de transmitir ese ánimo. Ánimo, en este último día de 2011, no para el año que está a punto de entrar en sí, sino para todas y cada una de sus jornadas, por aquello de que siempre hay algún motivo para seguir. O más de 100, como se encargó de recordarnos Joaquín Sabina en aquella espléndida canción.

Así, cuando llevaba siete meses sin actualizar esta bitácora y me había planteado seriamente su supresión definitiva, he decidido no hacerlo. Porque aquel gato es el ejemplo de la metáfora de que incluso aquí hay también mucha vida por delante. Puede que las entradas sean más espaciadas, o quizá incluso esporádicas, pero suficientes para mantener la llama. La luz que nunca se apaga, que decían The Smiths.

Voy a finalizar esta entrada con una canción que para mí ha marcado la pauta de este 2011 que termina, y no es ni de Joaquín Sabina ni de The Smiths:




Xoel López, otrora Deluxe, ha sido la clave: cada día es una reconstrucción de uno mismo. Cada jornada es una nueva oportunidad de hacer un enterramiento en el cementerio del pasado y, desde la más absoluta humildad, disponerse a vivir 24 horas más.

Feliz 2012 y, para no variar...

...Saludos al personal.

Tarde del 31 de diciembre de 2011

30 mayo 2011

Enjaulados



Hola,

Después de mes y medio sin escribir, es probable que la mayor parte de los seguidores habituales que ha tenido esta bitácora desde sus inicios pensaran que acabaría muriendo de inanición. Y no sé hasta qué punto estaban en lo cierto, porque la desgana hacia el mantenimiento del blog ha sido notablemente alta en las últimas semanas. Sin embargo, hace unos días, echando un vistazo a varias entradas antiguas, pensé que no tenía por qué dejar que este rincón de la red cayera sin más en el olvido. Son ya cinco años contando peripecias -se han cumplido precisamente este mes de mayo que ahora está a punto de finalizar-, y tal vez sea demasiado triste olvidarlos sin más. Y tampoco quiero matarlo, de la misma manera que no me gusta mandar al otro barrio a los personajes de mis relatos literarios.

Cinco años en los que podría haber hablado de política, de periodismo, de viajes, de música, de curiosidades geográficas... y que he invertido principalmente en explicar el desarrollo de mi vida. Con frecuencia pienso que es un poco temerario hablar tanto de uno mismo, aunque afortunadamente hasta el momento este blog no me ha creado ningún problema serio, y espero que así siga siendo. He procurado moderarme en más de un aspecto, precisamente por eso de que esto puede verlo cualquiera. Quizá eso ha constreñido un poco los contenidos, pero he tratado de que fueran siempre lo más amenos posibles y, al mismo tiempo que entretenía -o aburría- al personal narrando mis fortunas y adversidades (cual Lazarillo del Riu de les Caixes), he ido dejando pinceladas de esos temas que he citado antes y todos los demás que han venido a cuento. Cinco años ya. Qué pronto pasan.

Muchas cosas han cambiado en mi vida desde mayo de 2006. Algunas, para bien; otras, para el signo contrario. Pero dado que lo peor no va a cambiar por mucho que me empeñe, mejor me quedo con todo lo positivo. Tranquilíceseme el personal, que no voy a hacer una enumeración, sino que únicamente citaré lo más destacado: toda la gente que he conocido en estos cinco años, todos los lugares nuevos que he visitado y todos esos vínculos que ya existían en mayo de 2006 (personales o de cualquier otro tipo) y que se han reforzado en este tiempo. Contando con eso, no es que lo malo deje de existir, pero sí duele mucho menos.

Una de esas cosas malas, y que veo que han ido a peor en estos cinco años, es el contexto general en el que me desenvuelvo. Observo las primeras entradas del blog y veo que me quejaba por cuestiones que ya que volvieran a estar como entonces. Pero no. El pasado, en este caso, no vuelve. Me veo igual que en mayo de 2006, o peor aún: más atado de pies y manos, enjaulado como las aves de la foto que inaugura esta entrada. Y no estoy solo en esto: dentro de la jaula hay cada vez más gente que progresivamente pierde autonomía para poder hacer con su vida lo que estime oportuno. Hace cinco años pensaba que tal vez a los 30 mi situación sería diferente; ahora que ya se vislumbran los 32 en el horizonte, me entra la risa floja cada vez que me acuerdo de eso. Es evidente que quien no tiene padrino no se bautiza; era así en 2006, y en 2011 aún con más intensidad. No obstante, hay que evitar el victimismo, un error al que puede conducir la apatía: nada puede esperar quien se esté quieto. En lugar de eso, mejor autoaplicarse una buena campaña de marketing, y hala, a venderse como es debido.





El problema es que si te rebelas puedes verte jugando con fuego en menos de lo que canta un gallo, y quizá acabar como éste, que ya tiene dictada su sentencia de muerte aunque la pena capital todavía no se ha ejecutado. El bicho de esta imagen se lanza a picar a quienes acuden a darle la comida, y por eso se ha ganado la animadversión de sus dueños y todo apunta a que en cuestión de semanas acabará convertido en producto alimenticio para hacer caldo de puchero. Y algo parecido -haciendo el debido símil-le pasa a todo el que alza la voz más de la cuenta en el momento inadecuado. Así de triste.






Desconozco la fecha exacta de emisión de esta magistral intervención de la bruja Avería, pero está claro que tuvo que ser entre 1984 y 1988. Y por qué será que, si no hubiera conocido La bola de cristal y no hubiera visto nunca a los Electroduendes, diría que este espectáculo de títeres fue grabado anteayer y que habla de la más rabiosa actualidad. Por qué... Y por qué me ocurrirá también con este otro vídeo, por qué...






Cinco años de Deformación profesional. Cuántas cosas han cambiado desde entonces. Y cuántas no. Cuántas veces tengo la sensación de que La Bola de Cristal fue un programa rompedor y a la vez visionario...

Saludos al personal.

Tránsito del 30 al 31 de mayo de 2011

14 abril 2011

¡¡Que tengamos salud!!

Hola,

Este blog nunca había tenido un paréntesis tan largo en sus casi cinco años de vida. No pretendía que fuera así, pero un día por otro, la desidia me ha hecho llegar hasta hoy. No obstante, creo que es una fecha adecuada para retomar la redacción: el 80 aniversario de la proclamación de la segunda República Española. Aunque en la deriva que tomó está bitácora hace tiempo hay cada vez menos opiniones políticas, creo que no está de más el aprovechar esta fecha para hacer un poco de apología de mi anhelo de que, alguna vez, los españoles podamos elegir a nuestro Jefe de Estado en las urnas, y que el cargo no sea vergonzosamente hereditario. Las circunstancias hicieron que los intentos de 1873 y 1931 resultaran fallidos, pero el tercero no tendría por qué ser así, ya que la sociedad ha avanzado mucho. Con todo, pienso que, por desgracia, aún hay demasiadas mentes trasnochadas en la actualidad.

Qué utopía, la de pensar en unos Presupuestos Generales del Estado sin una partida reservada para el mantenimiento de una familia cada vez más numerosa. Y que, de la misma forma que hoy por hoy cualquier recién nacido sea susceptible de llegar en un futuro a la Presidencia del Gobierno, también se pueda aspirar a presidir la República. Hay quien dice que sería más caro mantener a un Jefe de Estado de estas características. No comprendo por qué; además, en cualquier caso, ¿bajo qué argumentos se puede defender la continuidad de un sistema que perpetúa un anacrónico derecho de sangre?

En este contexto tan difícil para muchas personas, me repugna ver cómo se despilfarra dinero público en cuestiones como el mantenimiento de los Borbones o, en el plano de los cargos electos, los denominados "gastos de representación". Me gustaría saber cuánto se dilapidó, por ejemplo, durante los últimos días en que se pudieron llevar a cabo "inauguraciones", algunas tan esperpénticas como ese aeropuerto sin licencia de navegación aérea que han levantado a poco más de 200 kilómetros al norte de aquí. Aeropuertos sin aviones, hospitales sin enfermos, tranvías sin pasaje, promesas de futuro en forma de maqueta... ¿Y todo para qué? Sinceramente, no se me ocurre otra razón que el intento de parapetarse tras el biombo del poder durante cuatro años más.

Tanto que se les llena a muchos la boca culpando de los "recortes" al contrario, luego no tienen empacho en gastarse locaga falta con tal de parecer lo que no son por un día, o incluso por unas pocas horas. Se habla de reducir el presupuesto en áreas muy gravosas para las arcas públicas, como la sanidad, la educación o la función pública, pero vaya, de los altos cargos de confianza no habla nadie. Me suena haber oído que alguien propusiera la supresión de pequeños municipios para reducir el gasto público. ¡Oh, verbigracia! Quisiera tener tiempo como para hacer un estudio del gasto que suponen para el erario todos los ayuntamientos de menos de 100 habitantes, y comparar todo ese volumen con el montante que se lleva una sola ciudad de más de 500.000 vecinos. Total, a los políticos de despacho, da la franca impresión de que los escasos y por lo general mayores habitantes de las zonas rurales sólo les interesan por su voto en los grandes comicios; poco parece importarles si sus pueblos pueden regirse de forma autónoma o no.

Espero que nada me impida ir a votar el próximo 22 de mayo. Reconozco que lo haré con cierto desencanto, porque no me gusta lo que veo. Ahora bien, considero que es la principal ocasión que el sistema me da para influir en que las cosas cambien o no, y en poder criticar o no unos resultados electorales y una posterior gestión. Por ello, tengo muy clara mi intención de depositar en las urnas mis papeletas para decir quién creo que debe gobernar mi municipio y mi comunidad autónoma. Ya que prácticamente no puedo hacer otra cosa, no pienso renunciar a ese derecho. Y, a partir del lunes 23, como dicen los anuncios de contactos, "lo que surja".

Por otra parte, tampoco se me va de la cabeza que en estas elecciones no se contabilizará el voto de quien inesperadamente nos dejó el 25 de septiembre de 2010. Ese día perdí al que siempre fue un gran contertulio de política para mí; hay que ver cómo estábamos tan de acuerdo en todo, hasta en poner a caldo si hacía falta a aquellos que más gozaban de nuestras simpatías (y a quienes no nos eran simpáticos, ya les pitarían los oídos). A menudo pienso cuánto podríamos hablar comentando la actualidad, con todo lo que ha pasado desde su marcha. Me da rabia que mis impresiones se queden sin respuesta, pero aprendo a vivir con ello; el motivo más práctico es que no tengo otro remedio. Así, la ausencia va pasando de ser el lastre que era en los momentos iniciales a la simpática acompañante que es ahora. Alguien que sabes que va contigo, pero no te molesta, y que sabe muy bien cuándo ha de mostrarse y cuándo permanecer discreta en un segundo plano. Una cómplice, a veces.

Ánimo en los kilómetros solo al volante, en las noches de fiesta, en las jornadas laborales, en las conversaciones que enriquecen, en la voluntad para hacer ejercicio y dar puerta a muchos prejuicios... Artífice de todas las sonrisas que se brindan cada día a los demás. La paradoja de convertir el amargo vacío en algo que te llena a cada instante y te ayuda a seguir hacia adelante.

Mes y medio desde la anterior entrada, sí. En ese intervalo, tiempo para escaparse una semana de vacaciones, a destinos un poco repetidos, pero qué más da si cada momento es único, y si las buenas compañías precisamente se agradece que se repitan. Una semana de repeticiones... pero también de reencuentros capaces de gratificar como pocas otras cosas.

Debo haber aludido más de una vez en este blog a la canción de Joaquín Sabina Más de cien mentiras. Y hoy lo hago otra vez. Porque, por mucho que siempre haya algo que hiera, también hay otras muchas cosas que, como dice la citada pieza, "valen la pena". Así que, en este día republicano, que tengamos salud para vivirlas y contarlas.

Saludos al personal.

Noche del 14 de abril de 2011

28 febrero 2011

¿Nada que contar? No, pero no hay ganas de follón

Hola,

De mes a mes. Así seguimos, con el blog en coma. O quizá, mejor, hibernando. En cualquier caso, vivo y con la esperanza de que un día vuelva a ser el que fue. Por el momento, febrero se me ha pasado volando, y no creo que sea por su inferior duración a la del resto de meses del año. Puede que sea porque no me he parado mucho a divagar, sino que simplemente he dejado que las cosas siguieran fluyendo. "Fluyendo, pero manteniendo", que decía habitualmente un entrañable compañero de trabajo al que ya sólo veo de uvas a peras (aunque la fortuna quiso que compartiéramos un buen rato la semana pasada) y que en 11 días cumplirá 41 años. Esta persona era prácticamente la única luz (muy potente, eso sí) en aquel lugar. Parece que fue ayer cuando lo dejé y hace ya más de cuatro años que lo dejé, hay que ver... Aquí lo conté, recuerdo, en aquella entrada en la que también recordaba, de paso, que "el meu cor no és d'Alcoi, però...". Si fuera un periodista 2.0 como se supone que deben ser, pondría el enlace directo, pero oye, es que no me apetece, así que si a alguien le pica la curiosidad, que arrebusque en el archivo de entradas. En diciembre de 2006, para ser más exactos.

En aquel lugar que ahora no me apetece nombrar, hubo una temporada en la que colgué en un lateral de la pantalla del ordenador un papel con la expresión "Anar fent", que venía a ser algo parecido al "fluyendo pero manteniendo". Para los no familiarizados con la lengua de Joanot Martorell, digamos que, aunque la traducción literal es "ir haciendo", más bien puede interpretarse por algo así como "Poquillo a poco". Y es que en ello estamos, señoras y señores: instalados en la continuidad.

¿Es eso algo malo? Considero que no, porque el camino se hace hacia adelante y cada vez más piedras van haciendo pared. En otro contexto, quizá pudiera decir que la cosa va sobre ruedas, pero es que la bicicleta por la que me ha dado este febrero de 2011 que ahora termina es estática. ¿Por qué no me daría antes? Bueno, dicen que más vale tarde que nunca.

¿Resulta aburrido de leer todo esto? Admito que es posible. Pero es que no tenga nada que contar, sino que, simplemente, no hay ganas de follón. Sigue sin apetecerme que la política se deje caer mucho por aquí, y de las relaciones laborales no es prudente hablar, más allá de elogiar a un compañero estupendo. ¿Hablamos de qué me parece lo de reducir la velocidad máxima a 110 kilómetros por hora en autopistas y autovías? Venga, pues. Ignominia, falacia y afán recaudatorio. Hala, ya está todo dicho. Así, conceptual, para que no ocupe mucho.

En fin, que visto que hagamos colecciones de sanciones y las políticas de transporte público en ningún caso acompañan, va a haber que seguir entrenando bicicleta. Claro que las del gimnasio son estáticas; en una de las de verdad hace años que no subo... Dicen que nunca se olvida, pero después de tanto tiempo, lo cierto es que lo dudo. En cualquier caso, para ir entrenando, qué mejor que recordar esta pieza musical. ¡Oh, milagro! ¡Un videoclip que todavía se puede insertar! Veremos por cuánto tiempo está disponible sin defraudarnos...




Tecnopop ibérico, sintonía de la Vuelta Ciclista a España de un más que lejano ya 1982. ¿La escucharía en el vientre materno Alberto Contador, que nació ese año? Pues no lo sé, y la verdad es que no me intriga en absoluto, pero me venía bien para contar ese chiste sin gracia. Yo no creo, 29 años después, que me esté volviendo loco, pero sí que cada vez me río un poco más de todo, y que esta canción, que siempre me ha ayudado al desahogo, más contribuye a elevarme el ánimo ahora. A ver si algún día se estiran y la ponen en las clases de spinning, que va al pelo.

Saludos al personal.
Febrero de 2011 nos deja y marzo viene ya pacá...

31 enero 2011

Vergonya, cavallers, vergonya!

Hola,

Creo que desde que inauguré este blog, en mayo de 2006, es la vez que más tiempo he dejado transcurrir entre una entrada y otra. Un mes exacto, del 31 de diciembre al 31 de enero. Puede que haya perdido la ilusión, como ocurre tantas veces en la vida; puede que haya perdido las ganas de compartir con el resto del ciberespacio lo que ronda por mi cabeza. Puede que sea de todo un poco. El caso es que, a lo largo de este mes, he pensado en algún momento bajar la persiana. Al final no lo he hecho por no sucumbir a mi propia desgana, aunque admito que poco me ha faltado. Cada vez me cuesta más detenerme ante la pantalla para divagar sobre alguna cuestión, más allá de aquello a lo que obliga el trabajo o que escapa de la inmediatez, facilidad y brevedad que ofrecen herramientas como las llamadas redes sociales. ¿Atrapado por el desencanto general? Es probable.

La frase con la que titulo esta entrada, que hace que enero de 2011 deje constancia en esta bitácora, la conocía como expresión a la que se suele recurrir en estas tierras. Pero tuvo que ser el Bando dels Amantats de 2010 el que me lo explicara. Siento mucho haberme perdido el satírico repaso a la vida social y política de Ibi con el que el frío se hace más llevadero cada 27 de diciembre (sobre todo, por el bando final en la puerta del Ayuntamiento), pero, por suerte, Basseta compartió con todos un extracto de ello en su blog. Gracias a él supe que la expresión "Vergonya, cavallers, vergonya!" viene de cuando Jaime I vio estupefacto cómo sus huestes no tenían muchas ganas de entrar en Mallorca. Pido disculpas por la ignorancia de enterarme de esto a los 31 años. En cualquier caso, ya era una frase que me gustaba, y a la cual encuentro mucho más sentido en este momento.

Más que vergüenza, desánimo es lo que siento cuando veo el pasotismo generalizado de la sociedad actual. Y que nadie piense que voy en plan moralina, sino que hago también autocrítica: formo parte de esa masa apática. En muchas ocasiones, no porque me apetezca, sino porque, igual que en estos tiempos cada cual va a salvar su propio culo, resulta que yo también tengo el mío, y los mártires van a los cementerios en el mejor de los casos. Observo pocas ganas de jugar (por no decir nulas), así que opto por romper la baraja. Pero eso no quiere decir que me guste lo que veo, ese conformismo que parece esperar a verlas venir. Esperemos, que así no nos sorprenderán cuando vengan a metérnosla doblada otra vez.

Me quedó pendiente un balance de 2010 de la entrada anterior. Un año lleno de hostias por varios sitios, pero en el que creo que ninguno de los golpes fue en balde. El impacto de los momentos adversos puede llevar a tratar de enmendar errores, a reconducir situaciones que se creían irreversibles, a valorar más algunas cosas y a banalizar otras muchas. El pasado año me quedó claro que sólo algo tiene un 0% de probabilidad de vuelta atrás. Lo demás, ya será de una forma o de otra, pero saldrá adelante. La cuestión está en luchar por ello. ¿Difícil? Puede que en muchas ocasiones lo sea, pero eso no quiere decir imposible. Lo que no es tan difícil, en cambio, es abusar del desdén cuando la mente se nubla. Me he dado cuenta demasiado tarde para algo en particular, pero para otras muchas cuestiones, sé que aún estoy a tiempo.

"Todo tiene quien todo da", dice una estrofa de la canción que hace no mucho tiempo enlacé aquí mismo, y que está tomada también de una frase hecha. Un dicho que no tiene el hecho ni mucho menos a un trecho. En los últimos meses he comprobado su veracidad de una manera casi reiterada, al tiempo que me iba dando cuenta de cuántas horas he perdido por darle vueltas a tantas cosas que no valían la pena. Horas, y así días, semanas, meses... y años.

La imperfección seguirá llevándome a cometer nuevos errores en la vida, pero espero que no sean los mismos, y aprender igualmente de ellos. Por el momento, sólo sé que 2011 comienza como acabó 2010: con la reafirmación a la que aludía hace algunos meses. Quizá por eso me avergüenza tanta apatía. En los demás... y también en mí mismo. Lo reconozco. Pero, como decía, no tengo ganas de ser mártir de nada ni nadie, sino simplemente de seguir viviendo.

Para terminar, qué mejor que recordar que Nunca el tiempo es perdido:



Debo reconocer que, a pesar de que esta canción tiene ya diez años y que me encanta, es la primera vez que he visto su videoclip. Muy en la línea de Manolo García, herencia inevitable a su vez de las piezas audiovisuales que dejó para la posteridad El Último de la Fila. No me explico cómo, siendo una reproducción del videoclip (aunque no el enlace oficial en Youtube) he podido enlazarlo. No creo que dure mucho, pero mientras tanto, a disfrutarlo.

Y, como decían Manolo García y Quimi Portet (y así titulé una de las primeras entradas de este blog en 2006, cuando mis preocupaciones me parecían el fin del mundo), "paso al ansia de vivir". Ah, y también a febrero de 2011, que acecha ya el morro tras la pared.

Saludos al personal.

Noche del 31 de enero de 2011

31 diciembre 2010

A pasar página

Hola,

Tenía ya escrito el título de la entrada para despedir 2010, pero lo he sustituido por otro. Y es que no quiero hacer un resumen del año sin que haya terminado por completo. Hay mucho que decir, pero no creo adecuado que el balance no tenga en cuenta las últimas horas. Ojalá y la sensación de ellas fuera distinta a la impresión general y se pareciera más a la de momentos puntuales. Porque, al igual que me vienen a la cabeza instantes y fechas amargas, la dulzura también es protagonista de otros muchos recuerdos. Y porque, a pesar de todo, de las hostias se sacan lecciones útiles que poner en práctica en lo sucesivo.

Mis planes pasan por decir adiós a 2010 como participante en una fiesta casera rollo loramigos de miramigas son miramigos, respondiendo un poco al contexto ahorrador de crisis. Quisiera despedir el año con una sonrisa, pasando página, dejando lo malo aparcado y, como decía, con los conocimientos adquiridos en las lecciones de vida que han sido estos 365 días. Eso, ante todo. Nada es en vano, todo tiene su función.

Se me podrá rebatir, pero soy de los que piensan que las adversidades te hacen fuerte, al tiempo que te invitan a detenerte, observar lo que tienes alrededor y aprender a valorarlo. Y, de esa forma, a estimarlo, a cuidarlo.

Por ello, aunque haya dicho en una red social que 2010 ha sido "hasta ahora el peor año de mi vida" y me reafirme en ello, que tenga también la gran despedida que merece, con esta canción cuyo título viene al pelo y que, además, me transmite mucha energía. Lamento que no pueda ser el videoclip, sino una actuación en televisión, pero, ya que es de un programa de TV3, que sirva también para enviar afectuosos saludos a los amigos catalanes en primer lugar.

Y, acto seguido, también al resto, cómo no: SALUDOS AL PERSONAL.



Feliz entrada en 2011 a todos.

Tarde del 31 de diciembre de 2010

17 diciembre 2010

El turista que intentaba pasar desapercibido en Segovia

Hola,

Demasiado tiempo sin actualizar. Cómo se apodera la desgana del cuerpo en ocasiones; puede más que el afán por compartir con el mundo exterior aquello que pasa por tu cabeza y que, quién sabe, podría suscitar interés a alguien. ¿Alguien sigue ahí, aunque la abulia llegue al extremo de no ver la propia bitácora para ver si han dejado algún comentario? Ahora me encuentro con dos, cuya respuesta sigue esperando el sueño de los justos. ¿Qué es más educado, responderlos ahora, al cabo de tanto tiempo, o agradecerlos desde el comentario siguiente y pedir disculpas por no dar como se merecía el 'acuse de recibo'? No lo tengo claro, pero, ya que estoy en medio de la segunda opción, vaya esta última por delante, sin menoscabo de que la otra pueda venir también a corto plazo.

Estamos en diciembre, finiquitando el año, y el frío hace su entrada como corresponde. Hace ahora un año que los tejados de Ibi estaban todavía cubiertos de nieve, tres días después de una intensa precipitación como pocas habían caído en varios años. Y sólo sería la primera de las seis que vendrían hasta el final del invierno. La primera sensación de sosiego, viendo caer la nieve desde el calor de casa. La paz que transmite el frío, la compañía que ofrece la soledad cuando se la va a buscar. El tránsito entre el otoño y el invierno tiene ese extraño magnetismo, donde las bajas temperaturas pueden ser en algunos momentos el mejor abrigo, y la oscuridad de las tardes, el destello que más claramente marca el camino a seguir.

Fui a Segovia para tratar de encontrar en buena medida ese regocijo. Y allí estaba. O, mejor dicho, estuvo desde el instante en que salí de casa hasta que regresé; en el camino de ida, en la estancia y en la vuelta. El café en Sisante se convierte, más que en una costumbre, en un hábito que se hace de manera espontánea, casi sin necesidad de previo aviso. Y nunca es igual, pero siempre igualmente grato. La gratitud, como siempre, de la estupenda compañía y de la agradable conversación, pero con el añadido, esta vez, de la estampa de una soleada mañana tras toda una noche nevando. Montones de nieve en esquinas y jardines, chuzos colgando de las tejas y calles convertidas en pistas de patinaje por las que la gente se atreve a transitar porque es día de mercado y hay que repetir, como cada viernes, la rutina de la compra.

El camino hasta la provincia de Cuenca tuvo algún momento de tensión, pero desde ahí hasta Segovia estaba ya totalmente expedito. El frío intenso me estaba esperando, pero también, al igual que en Sisante, la mejor de las compañías posibles. La sensación de sentirse en casa (quitando incluso el "como") mientras en la calle los termómetros se resisten a rebasar los 3 grados bajo cero. Pero la calle espera igualmente. El acueducto está ahí, a la vuelta de la esquina, pasando delante de la iglesia de San Justo. Y tras la maravilla romana, la atiborrada calle Real. No es para menos, en un puente así. Chaqueta, bufanda y guantes. Hace frío, mucho frío. Pero la conversación fluye y, con ella, la puesta al día, y también las risas. La cosa pinta bien.

Pintó bien desde la tarde del 3 de diciembre hasta la del día 8, por encima de cualquier eventualidad meteorológica. Pintaron bien pueblos que desde ahora me ufano de haber visitado como Maderuelo, un bellísimo rincón incrustado en un peñón que desde hace unos 55 años tiene a sus pies el embalse de Linares del Arroyo (que 'sacrificó' el pueblo del mismo nombre), y que el 4 de diciembre mostraba una imagen difícilmente mejorable, pese a lo difícil que era también pasear por sus calles. Aunque 5 grados bajo cero apenas si se notan cuando te has bebido mano a mano con otra persona una botella de Rueda casi entera durante la comida y el sol sigue acompañando la tarde. ¿Lo malo? Que hay que volver pronto, antes de que conducir se vuelva una imprudencia... y no por el vino, cuyo efecto ya se ha disipado, sino por el frío que amenaza con congelar las carreteras una noche más.

Me complace haber sido testigo de un momento histórico, como la conmemoración del 25 aniversario de la declaración del casco histórico de Segovia y su acueducto romano como Patrimonio de la Humanidad, el 6 de diciembre. De haber visto cómo la lluvia también hacía un inoportuno acto de presencia, instantes después de que el alcalde de la ciudad hubiera empezado a leer su discurso, y cómo pese a todo el primer edil se mantenía impertérrito en su sitio y terminaba su alocución, totalmente empapado. De contemplar la escena bajo el refugio que daban los soportales del Teatro Juan Bravo, con mi ejemplar de 'El Adelantado de Segovia' en la mano y mientras Roberto saludaba a otra legión de 'fans'. Y me complace también haber dado mi apoyo, minutos antes, a la candidatura de Segovia como Capital Cultural Europea en 2016. Creo que la ciudad lo merece sobradamente; ojalá y consiga su objetivo.

A la mañana siguiente, no tan fría ni lluviosa, pero sí nublada, la calle Real volvía a ser el hervidero de casi cada día. En esa jornada, laboral para mi anfitrión, caminaba solo, al principio con la única compañía del ejemplar del día de 'El Adelantado'. Un intento, quizá vano, de pasar desapercibido entre la multitud, aunque no buscado, porque el periódico del día iba a comprarlo de cualquier forma. Para buscar discreción, mejor dejar de lado el eje principal acueducto-Catedral-Alcázar y callejear por vías más solitarias. ¿La paz buscada? En cierto modo, sí. Pero no debía engañarme; por muy discreto que fuera, yo no era otra cosa sino uno más de los miles de turistas que visitaban Segovia este puente. Y en un viaje no pueden faltar los regalos a la familia. Algunos ya estaban comprados desde el día anterior, pero otros aún esperaban.

Una tarta de ponche, que me dicen que es el 'clasicazo' de los dulces por excelencia. Pero también una algo tan cotidiano como una barra de pan, porque en casa de mi anfitrión no queda. Y para el embutido y el queso, el 'souvenir' que tengo que llevarme de allá donde voy siempre que puedo, mejor una carnicería 'de las de toda la vida' que hay ahí, sin llamar la atención. Quien la llama soy yo, cuando pido "embutido y queso de aquí": yo solo me basto para estamparme en la frente el sello de "turista". Pero trato de estar bien informado: me han dicho que en Gomezserracín se elaboran buenas viandas, así que cuando me ofrecen chorizo 'made in' el susodicho pueblo, con él que me quedo. Ah, y otra cotidianeidad: un cartón de leche, que no hacía falta pero yo pensaba que sí. Una vez más, al igual que en la pastelería, el elemento de discreción.

Era un turista en Segovia en el puente de la Constitución, uno más de tantos miles. Pero un turista que intentaba pasar desapercibido y sentir la ciudad como suya, aunque fuera por sólo unos días. Lo intenté con todas mis ganas; ahora bien, si lo conseguí o no, creo que eso debería determinarlo un tercero. Probablemente, hay 'dejes' que no pueden disimularse ni con un ejemplar de 'El Adelantado' bajo el brazo, ni comprando una barra de pan y un cartón de leche. Aunque creo que, si fuera segoviano, a menudo alzaría la vista para contemplar embobado los edificios al pasar por la calle Real, orgulloso de mi ciudad.





Saludos al personal.

Noche del 17 de diciembre de 2010