Hola por enésima vez (y las que quedan),
Prometí que esta vez regresaría pronto, y así lo hago. El reciente viaje a La Rioja bien merece ser contado de forma larga y tendida antes de que mi memoria, tan buena para unas cosas y tan mala para otras, vaya dejando cosas en el vacío eterno. En la anterior entrada ya comentaba que el viaje en sí ha resultado ser toda una experiencia, a pesar del cansancio acumulado. Con sólo tres horas de sueño y un CD en mp3 con todas las descargas realizadas por la mula en el mes de octubre, a las 7.30 que me dispuse a emprender camino. El itinerario ya estaba más que estudiado, pero era en su mayor parte totalmente desconocido. La gracia no es saber que la A-23 y la N-234 te llevan a Teruel, sino comprobarlo. Y, un poco más al norte, cuando la autovía en construcción se aleja de tu itinerario, atravesar lugares cuya existencia aún no tenías contrastada, por mucho que te la hubieras aprendido. Calamocha, Luco de Jiloca, Burbáguena, Báguena, Daroca, Villafeliche, Montón (de donde no eran Pepi, Luci y Bom), Fuentes de Jiloca, Velilla de Jiloca, Maluenda, Paracuellos de Jiloca... Viajar en soledad acaba volviéndote medio loco -o más de lo que ya puedas estar-, pero tiene también su lado bueno.
Paradas estratégicas en un bar de Sot de Ferrer, Teruel (con breve charla con un anterior contacto congresual), Calatayud (con pequeña visita turística incluida) y otro bar cercano a Tudela, todas con la llamada de rigor a la mamá presa de los nervios. Así, hasta que, en torno a las 17.30 horas, y escuchando a todo volumen Años 80 de Los Piratas -más bien berreándola-, hice mi entrada en la capital riojana. Como decía aquél, puedo prometer y prometo que desde mi cochera al centro de Logroño hay 622 kilómetros, a los que luego hube de sumar otros cerca de 700 metros, dando vueltas por una ciudad desconocida buscando aparcamiento... Gajes del oficio, que se dice.
El buen desarrollo del viaje fue sólo el preludio de cinco gratos días que, al igual que la fugaz visita a Murcia de finales de octubre, han tenido un extraño poder curativo. En este caso, igual ha sido por el vino... Logroño no es, a mi juicio, una ciudad que cautive a un primer golpe de vista, pero tiene algo especial, una precepción intangible, que llama la atención. Puede que la discreción pero excelente conservación de su minúsculo casco antiguo sea una de las claves. Lo mismo que ese aire de ciudad norteña, altiva y señorial, burguesa y provinciana. Desperdigada por sus barrios nuevos, pero en la que la vida se encoge sobre su núcleo primigenio día y noche.
A pesar de la distancia entre una y otra, he encontrado ciertas similitudes entre Logroño y Albacete. Prácticamente el mismo tamaño, prácticamente la misma ubicación como única urbe en medio de la nada, con una zona antigua pequeña y discreta, llanas (Logroño no tanto pero vamos, sus pendientes no son las del Tourmalet), abarcables... Y con una vida nocturna que a los foráneos no entendidos les puede resultar inimaginable. Ya había oído yo hablar del tapeo por la capital riojana (Albacete sí que me sorprendió muchísimo en ese aspecto en su momento), pero, al igual que con lo de los pueblos que vi por primera vez al pasar en coche por ellos, nada es lo mismo hasta que no lo experimentas. Hasta el vinacho más malo sabe riquísimo por allí. Y esas tapas, aunque sean verdadera dinamita para el estómago por su composición, no hay que dejar la oportunidad de catarlas. De pie en baretos mínimos llenos hasta la bandera, con una copa en una mano y un pincho en la otra, y de cháchara... El Antonio en su salsa, señores.
Vale, sí, se suponía que iba a un congreso de Historia a aguantar ponencias de forma estoica (sin dormirme, vamos). Y así ha sido también. Conferencias con contenido interesante en la mayoría de los casos, a las que siguieron breves exposiciones de unos trabajos que, en gran medida, prometen ser interesantes, y que estoy deseando poder leer (las actas aún no han sido publicadas). Temas muy diversos, entre los cuales al final el que yo proponía resultó no desentonar tanto, puesto que también había determinadas visiones localistas. En todo caso, el desubicado podía ser yo mismo, por ser de los escasos participantes no vinculados a ninguna Universidad. Aunque debo decir que en ningún momento me sentí fuera de lugar, al contrario.
De modo que también ha habido rendimiento académico en estas vacaciones, pero también social. Al igual que en todos los saraos similares a los que he asistido anteriormente, he podido ampliar aún más mi círculo de contactos procedentes de diversos lugares. El más importante de todos ha sido Diego, la persona que ha producido que acuda a Logroño, y a quien, tras conocer de una forma un tanto atípica, he podido conocer. Un perfecto anfitrión en la medida de sus posibilidades. No debo dejar tampoco escapar nombres como Aitor, Carlos, Bruno o Carmina, más su consorte Eneko, grupete de asistencia a charlas y visita a baretos; ni tampoco a David, asistente también a las sesiones y con el que casualmente acabé también de bares, junto a Pilar; ni tampoco a Judit, consorte de Diego, quien posibilitó una visita museística a Briones, que hizo que mi estancia en La Rioja no se limitara sólo a su capital (hay mucho que agradecer en ello); ni tampoco a Álvaro, otro sufrido organizador del evento para el que los imploros heavies pudieron más que el cansancio.
Todo esto hace que no me pueda quejar de mi estancia en Logroño, salvo por una sola cuestión: tanta matraca al estómago acabó pasando factura. Ya sé yo por qué insistía de forma tan pejiguera en encontrar una habitación con baño propio, porque sabía que, al menor descuido, me tendría que pasar alguna noche haciéndole varias visitas. Y así fue en la madrugada del 4 al 5 de noviembre. Lo malo fue que en una de éstas se acabó el papel higiénico. Entonces recordé que, en la parada realizada en Teruel durante el viaje de ida, había comprado El País... Creo que resulta demasiado escatológico aclarar cómo acabaron sus páginas de Economía, pero tan grosera imagen aún me invitó a la reflexión. Si las páginas de Economía de El País pueden acabar así, también puede hacerlo todo mi trabajo y el de todos mis compañeros, y las páginas y columnas de opinión de mis superiores. Al final, todos somos una puñetera escoria, prescindibles, efímeros. Por ello un poco de humildad no va mal de vez en cuando, aunque haya tipos que no se apliquen mucho este cuento.
Cumplida la misión de El País, mangoneo de eso que yo siempre me suelo llevar de los hoteles (y que no son toallas ni jaboncillos, sino algo bastante más freak), último vistazo por esta vez a La Redonda, la plaza del Mercado y la calle Portales, y búsqueda de la N-232 para salir rumbo a Zaragoza, ciudad en la que realicé la primera parada de la vuelta. Breve visita para ver a la Pilarica (comprendí el porqué del diminutivo, todo lo contrario a las proporciones gigantescas de la basílica) y hacer un mínimo recorrido por el centro de la ciudad, un ligero descubrimiento de esa gran urbe que sí se emerge en medio de la nada aragonesa. Y después, más viaje de vuelta, con una parada del todo casual en un lugar llamado Mas de Jacinto, pequeña aldea del enclave valenciano del Rincón de Ademuz. Un pequeño surtidor de gasolina y, enfrente, el típico bar de abueletes jugando a las cartas, que no paraban de dirigirme miradas mientras consumía algo de cafeína para seguir viaje, preguntándose qué narices haría yo por allí, ignorando, tal vez, que había optado por volver desde Teruel por la N-330, para evitarme el paso por Valencia. A mi aire, adelantándome hasta el apuntador, atravesando de noche lugares por los que ya pasé hace tres años, como Landete, Talayuelas, Sinarcas, Utiel, Requena, Cofrentes, Jarafuel y Ayora, donde, ya bastante cerca de casa, hice la última parada para estirar un poquito las agarrotadas piernas. Todo ello para regresar sin contratiempo alguno, haciendo que las vacaciones resultaran sencillamente casi perfectas.
Y como adolezco de un desmesurado masoquismo, lunes y martes acudí a unas jornadas sobre transporte metropolitano que organizaban en la Universidad de Alicante. Paradojas del destino, acabé conociendo en persona a alguien bien situado en el mundillo ferroviario con quien había hablado por teléfono y vía correo electrónico, y a quien acabé dando una copia de la comunicación que había presentado en Logroño, espero que para bien. A ver si al final le vamos a acabar sacando un rendimiento inesperado a la cosa.
Todo esto acaba de ocurrir, pero ya es el pasado. Ya hemos reemprendido la aciaga rutina laboral, la cual esperamos poder mejorar en la medida de lo posible a medio plazo. Pero mientras eso llega, habrá que seguir altivo. Espero que el recuerdo de estos días me ayude a ello, aunque sin depender en exceso, que no es bueno vivir a costa del pasado. Más bien es inútil.
En cualquier caso, me quedo con LO QUE HA QUEDADO y LOS QUE HAN QUEDADO de estos días, que espero perduren en gran medida.
Salud a todos.
Madrugada del 8 al 9 de noviembre de 2006
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