Hablar de la comarca de Los Vélez me invita a evocar las raíces, las formas de vida y costumbres que moldearon la existencia de mis ancestros durante generaciones, hasta que mis padres tomaron la decisión de buscar una vida mejor en otro lugar. Me vienen a la cabeza paisajes de ramblas y campos de almendros, con la mole de la sierra de María como telón de fondo. Cortijadas donde el pulcro mantenimiento de algunas casas contrasta con el abandono de otras, desgraciadamente la mayoría. Los aires señoriales del casco antiguo de Vélez-Rubio y las más sencillas pero cuidadas calles de Chirivel, con enrejados que protegen hasta casi ras de suelo lo mismo las ventanas de sencillas viviendas que las de los más espectaculares palacetes. Y sobre todo, la tranquilidad que implica hacer un paréntesis en la rutina en un lugar donde da la sensación que las cosas se toman con más calma, sin las prisas de los grandes núcleos urbanos.
Mis percepciones seguramente estarán viciadas por el hecho de que siempre que he ido a Los Vélez ha sido de vacaciones, y además, desde hace mucho tiempo, para estancias de apenas un par de días. Aún así, hay algo que me atrapa, que me impulsa a hacer esas fugaces visitas. “La tierra tira”, dicen, aunque en mi caso es relativo. Yo ya no soy de Los Vélez; nací y pací a más de
Decía el cantante valenciano Raimon en una de sus composiciones que “quien pierde los orígenes, pierde identidad”. Hago mía esta frase, aunque sea sacándola un poco de su contexto. Nací en Ibi y de allí considero que soy, alicantino, de la Comunidad Valenciana. Eso sí, no olvido de dónde vengo, sino todo lo contrario. Es toda una satisfacción mantener vivo el contacto con la tierra de mis padres y seguir aprendiendo día a día cosas nuevas sobre ella. Conocer los lugares por los que transcurría su rutina o que eran de un modo u otro especiales para ellos, los quehaceres que ocupaban su tiempo, qué hacían en sus ratos de ocio, anécdotas de la familia o de personas allegadas, un léxico genuino que no aparece en los diccionarios... Tantas cosas que, en definitiva, son una forma de enriquecerse culturalmente y de tener las miras un poco más abiertas.
Este libro contiene un poco de todo eso. Es un acercamiento a la comarca de Los Vélez y a las colindantes villas de Oria y Cúllar, al medio físico, a los paisajes agrarios, a sus pueblos, a sus formas de vida más tradicionales, y a costumbres que siguen plenamente vivas a día de hoy o que, por el contrario, han ido cayendo en el olvido. Una ilustrativa forma de conocer un poco más esta tierra para aquellos a los que les es ajena o que tienen con ella un contacto sólo superficial. Y para los que ya rondan, al menos, la cincuentena, será una forma de recordar una vida que, vista hoy, parece sacada de un museo arqueológico, por cuánto ha cambiado todo en la actualidad.
Pero no ha pasado tanto tiempo. El salto de gigante hacia la modernidad se ha dado en apenas medio siglo. Hoy en día, la comarca de Los Vélez, Oria y Cúllar no tienen nada que envidiar en calidad de vida a las grandes ciudades –más bien al contrario–, salvo, si acaso, en la relativa dificultad para satisfacer algún impulso consumista que puede presentarse. Aunque la solución al problema queda a, como mucho, hora y media de viaje en coche, y es que da la impresión que lugares como Lorca, Baza o Granada ya no están tan lejos como antes. Viendo las carreteras que había antaño –y que yo recuerdo, incluso aún a comienzos de la década de 1990–, quién iba a decir que una cómoda autovía iba ser la ventana hacia el exterior de todas estas comarcas, históricamente sometidas a poco menos que un aislamiento.
Las buenas comunicaciones son uno de esos logros que quizá a más de uno se le harían impensables hace sólo unas décadas. Lo mismo que hoy parece mentira que se pudiera vivir sin las comodidades más elementales en fechas tan relativamente tardías como 1960. Pero así era, y así nos lo cuenta José García Gea en este volumen. Ahora bien, el relato tiene la virtud de que, lejos de caer en ningún victimismo, ofrece una visión nostálgica de aquella vida, dando a entender que, por encima de cualquier estrechez, la existencia se afrontaba con tesón y con todas las alegrías que la realidad dejaba asomar. Y ése es, a mi juicio, un mensaje muy optimista del que conviene tomar nota.
Hola,
Puede que el comienzo de esta entrada haya sorprendido un tanto por su poco habitual forma. Ese texto es el prólogo que he escrito para el libro Chirivel, Cúllar, Oria y Los Vélez: una mirada al pasado, realizado por mi tío José García Gea y que se ha editado él mismo. Un arduo trabajo, en el que incluyo la revisión del texto, de la cual me he encargado, que en este mes de agosto que está a punto de acabar ha dado sus frutos. Viendo ahora el resultado, imagino que mi tío pensará que ha valido la pena todo el esfuerzo que ha puesto en esta obra durante dos años. Y, por la parte que me toca, pienso que han valido la pena los dos frenéticos meses de corrección del texto.
Cuesta de agradecer en su justa medida la acogida que nos dieron en Oria y el eco que han dado al acontecimiento en la página web municipal. Al igual que cuesta de agradecer a los asistentes el interés mostrado. Como tampoco puedo quejarme del trato recibido en Cúllar, ni en Chirivel. En la primera de estas poblaciones, con la extraña sensación de estar rodeado de los cuadros de Erik el Belga colgados en la sala, y con el agradecimiento por otra magnífica acogida; y en la segunda, con un salón de actos a reventar de gente, a la que había que sumar todas las personas que se agolpaban tras las ventanas, en la calle. Y con la perplejidad que supone que te vayan saliendo primos hermanos de tu madre por todas partes, cual si el protagonista del anuncio de Donettes fueras.
Por encima de todo está la satisfacción de ver que un trabajo es valorado por otras personas, esa sensación que decía de pensar: "Ha valido la pena". Pero además, en este caso concreto, está la satisfacción personal de contribuir a desconectar, a hacer algo totalmente distinto, a levantar el ánimo y a tener un poco más de contacto con la tierra de la que procede mi familia. Un lugar que, como digo en el prólogo, me sigue siendo un tanto extraño, pero hacia el que hay algo que me atrapa. Tengo que ir, aunque sea muy de tarde en tarde, y aunque sea por muy poco tiempo, para comprobar que sigue ahí. Que el espacio donde se desarrolló la cotidianeidad de mis padres hasta 1971 se mantiene, aunque también con los consiguientes cambios del paso del tiempo. No, yo ya no soy de allí, pero aún se me sigue habiendo perdido algo en aquel lugar. Y este libro me ha servido también para darme cuenta de que era más de lo que yo pensaba, o incluso, para querer saber más de estos parajes.
Y pienso que una de las razones para ello es que Chirivel, Cúllar, Oria y Los Vélez: una mirada al pasado no habla de grandes episodios, ni de grandes lugares, sino de cómo transcurría hace unas décadas el día a día en una tierra alejada de todo y, por ende, olvidada. Todavía recuerdo que, allá por 1985, estos pagos del norte de Almería y Granada eran casi otro mundo, por cuánto costaba llegar hasta allí y por lo diferente que era la vida a las zonas más urbanizadas. Esas diferencias han prácticamente desaparecido a día de hoy, en tanto que las formas de vida en el medio rural han experimentado un salto cualitativo impresionante. Pero me invita a pensar en cómo, si en 1985 un crío de apenas seis años ya podía sentirlas, cómo unas décadas atrás serían todo un abismo. Y cómo surge, a partir de ahí, la curiosidad por saber cómo era ese día a día, en aquella tierra olvidada y sin grandes recursos. Y cómo, por encima de cualquier estrechez, se intentaba pasar la existencia de la manera más feliz posible.
Siempre he llevado muy a gala el hecho de ser un castellà que ha tratado de integrarse al máximo en el lugar donde ha nacido y crecido (y, honestamente, creo que no lo he hecho mal), pero sin olvidar tampoco de dónde vengo, ese "se me ha perdido algo en Almería". Pienso que ese sentimiento ha crecido tras la realización de este libro y el consiguiente mayor contacto con la tierra de mis padres que me ha permitido. Me ha hecho reafirmarme en la frase de Raimon, sacada de contexto para hacerla mía: "Qui perd els orígens, perd identitat". Y una parte importante de mi identidad como ibense son los orígenes de unos padres emigrantes.
Adjunto imágenes de la presentación del libro en Oria, Cúllar y Chirivel, los pasados días 9, 14 y 17 de agosto:
Acompañados por el alcalde de Oria, José Pérez.
Acompañados por el concejal de Cultura de Cúllar, Alonso Segura.
Acompañados por el alcalde de Chirivel, Cristóbal Aránega.
Por mi parte ya sólo resta decir que, efectivamente, agosto ha sido hasta ahora muy diferente a julio, afortunadamente.
Saludos al personal.
Noche del 29 de agosto de 2010.
4 comentarios:
Estoy deseando leer el libro, me han dicho que Pepe ha hecho un buen trabajo.
Se te ve muy bien las fotos.
Parece interesante el libro.
Sólo puedo decir una cosa... ¡qué bueno!
Me ha encantado.
Besicos.
Después de todo lo que ha ocurrido desde que escribí esta entrada hasta el momento de redactar este comentario, sólo puedo decir una cosa: que, aparte de sentirme muy orgulloso de mi participación en este proyecto, lo mejor del libro está en la página 237. En ella aparece una imagen que me alegro de haber encontrado por sorpresa, y que siempre llevaré conmigo.
Muchas gracias a todos.
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