11 noviembre 2010

A cada Opel le llega su San Martín

Hola,

Dicen que no hay mal que por bien no venga, y creo que no deja de ser cierta la frase, aunque a veces esos males sean realmente duros de afrontar. Muy rara es la vez en que de un hecho negativo no se extrae algo positivo, por pequeño que esto sea. No quiero con esto incidir en recientes dramas familiares, ni en desgracias especialmente severas. A lo que me estoy refiriendo, en este caso concreto, es al accidente de tráfico que tuve el 27 de octubre de 2004 en el puerto de Biar, del cual salí afortunadamente ileso pero en el que mi coche acabó convertido de facto en chatarra. Eso provocó que tuviera que comprarme otro vehículo, aun cuando no había terminado de pagar el que había dejado hecho un acordeón tras dar una vuelta de campana y caer boca abajo por un terraplén.

No me calenté especialmente la cabeza a la hora de adquirir forzosamente un coche nuevo. Si el estampado era un Opel Corsa de segunda mano que me había mostrado, en apenas dos años y medio, la fiabilidad de estos modelos, ¿para qué cambiar? Así que el 26 de noviembre de 2004 estrené otro Opelico nuevo, recién traído de la planta de General Motors en Figueruelas (Zaragoza). No obstante, había formalizado la compra en el concesionario de Ibi varios días antes, el 10 de noviembre. Firmé para ello un préstamo bancario de seis años de duración, a interés fijo. Así que... ¿qué quiere decir eso?

Pues la respuesta es bien obvia: que ayer, 10 de noviembre de 2010, terminé de pagar mi coche. Que hoy, 11 de noviembre, día de San Martín, es el primero en que puedo decir que mi Opel Corsa es realmente mío, después de seis años y casi 196.000 kilómetros. Menuda tralla le he dado al pobrecito desde el primer día, pero qué bien se ha portado hasta ahora, sin apenas más visitas al taller que las rutinarias. Y que así dure por el mayor tiempo posible. No creo que me vaya a aguantar otros 196.000 kilómetros, pero si me soporta al menos un par de años más, eso que le agradeceré. Por mucha tecnología alemana que lleve, mi coche es aragonés, así que confío en que, como buen mañico, sea tozudo y resista lo que le echen durante un buen tiempo todavía. Con eso de que Figueruelas queda bastante cerca de la zona por donde discurría el ferrocarril de Cortes a Borja, en el cual Florián Rey rodó en 1935 aquella mítica escena de Nobleza baturra en la que el paisano exclamaba al tren lo de "¡Chufla, chufla, que como no te apartes tú...!", espero que a mi coche se trajera de Aragón parte de ese carácter. Por el momento no me puedo quejar, desde luego, y eso que 196.000 kilómetros en seis años es darle uso.

Es curioso, pero todavía no he llevado a mi coche a darse una vuelta por su pueblo, Figueruelas. Pero no tendrá queja, que por Aragón sí lo he llevado. Además, una vez pasamos muy cerca de la fábrica de donde salió: fue en noviembre de 2006, de regreso de Logroño. Aquél no fue el primer viaje largo que hice con mi Opelico, dado que en los veranos de 2005 y 2006 ya había hecho las visitas de rigor a El Vendrell (Tarragona), pero sí marcó claramente un antes y un después. Por varias razones: la distancia (622 kilómetros), el hecho de ser el primer viaje largo que hacía solo, la aventura de conocer un lugar distinto, las circunstancias en las que me encontraba entonces y que demandaban algo así (ahora lo vuelven a demandar, por cierto), el recuerdo de haber conocido a una gran persona en ese viaje... De aquellas dije que La Rioja era para decir aquello de ¡¡Toma pan y moja!! (ver enlace), y lo mantengo a día de hoy. Ojalá y el Opelico aún me lleve otra vez por esas tierras.

En estos seis años, mi coche me ha llevado a Logroño, a Madrid, a Tarragona, a Granada, a Cartagena, a Salamanca, a Gijón... Pero también a Valbona, a Villaquejida, a Figuerola d'Orcau, a Berlanga de Duero, a Atienza, a El Pedernoso, a la Pobla de Lillet... Incluso a lugares que de mi propia comunidad, y que desconocía, como Bicorp; o de mi propia provincia, como Benigembla. Sin desmerecer las visitas a ciudades grandes y medianas, no cabe duda de que me enorgullece que mi Opelico haya estado aparcado en lugares como éstos:



Sant Jaume de Frontanyà (Barcelona), 1 de agosto de 2007


Rello (Soria), 10 de mayo de 2008


Fresno el Viejo (Valladolid), 6 de agosto de 2009


Alrededores de Venta del Moro (Valencia), 8 de diciembre de 2009


Estación de ferrocarril de Caminreal (Teruel), 2 de abril de 2010


Benamaurel (Granada), 14 de agosto de 2010



Éstos son sólo seis puntos a los que los que las pruebas gráficas muestran que mi coche me ha llevado. Me hubiera gustado que me hubiera llevado también a Majaelrayo a conocer al que fue su vecino más ilustre, Jesús García, porque yo fui una de tantísimas personas que se interesaron por los pueblos negros de Guadalajara a raíz del anuncio de televisión que protagonizó en 1993. Pero llegada la ocasión para conocer en profundidad rincones de esa provincia, en mayo de 2008, me decanté por visitar Atienza y sus alrededores (de lo cual no me arrepiento, por otra parte). En cualquier caso, Majaelrayo sí sigue estando en el mismo lugar, y queda suficientemente claro que no hace falta un todoterreno como el que se anunciaba en aquel spot para llegar a sitios interesantes. A los hechos me remito.

Voy a despedirme con dos homenajes musicales a aquel viaje a Logroño en noviembre de 2006. Cuatro años hace ya de aquello, pero no se me olvida cuál fue la primera canción que sonó en el CD del coche nada más conectarlo:



Disfrutar de la música es otro concepto que asocio a mi coche. El hecho de que en el CD del autorradio se puedan escuchar discos en formato mp3 te permite llegar a Logroño escuchando el mismo disco que empezaste a escuchar cuando saliste de Ibi. Y cómo disfruto haciéndome mis propios recopilatorios... Strangelove fue la primera canción en aquel viaje, pero si hay una que recuerdo especialmente es ésta:



El tiempo rula y al caer se muerde la cola... Qué gran verdad. Cuánto ánimo me transmitió aquella canción, remontando el Alto Palancia, con la autovía A-23 aún a medio hacer por esas tierras de Castellón, y cuánto ánimo me sigue transmitiendo hoy en día. Qué puta, qué jodida es la vida, pero cuántas cosas buenas te llevas por tener la suerte de vivirla.

Carretera y manta, pues. Por otros 196.000 kilómetros, Opelico de Figueruelas.

Saludos al personal.

Tarde-noche del 11 de noviembre de 2010

1 comentarios:

Vera Rosakoff dijo...

Pues nada, nada, que tienes que traer al opelico a Figueruelas para que conozca a sus hermanicos.