Hola,
Demasiado tiempo sin actualizar. Cómo se apodera la desgana del cuerpo en ocasiones; puede más que el afán por compartir con el mundo exterior aquello que pasa por tu cabeza y que, quién sabe, podría suscitar interés a alguien. ¿Alguien sigue ahí, aunque la abulia llegue al extremo de no ver la propia bitácora para ver si han dejado algún comentario? Ahora me encuentro con dos, cuya respuesta sigue esperando el sueño de los justos. ¿Qué es más educado, responderlos ahora, al cabo de tanto tiempo, o agradecerlos desde el comentario siguiente y pedir disculpas por no dar como se merecía el 'acuse de recibo'? No lo tengo claro, pero, ya que estoy en medio de la segunda opción, vaya esta última por delante, sin menoscabo de que la otra pueda venir también a corto plazo.
Estamos en diciembre, finiquitando el año, y el frío hace su entrada como corresponde. Hace ahora un año que los tejados de Ibi estaban todavía cubiertos de nieve, tres días después de una intensa precipitación como pocas habían caído en varios años. Y sólo sería la primera de las seis que vendrían hasta el final del invierno. La primera sensación de sosiego, viendo caer la nieve desde el calor de casa. La paz que transmite el frío, la compañía que ofrece la soledad cuando se la va a buscar. El tránsito entre el otoño y el invierno tiene ese extraño magnetismo, donde las bajas temperaturas pueden ser en algunos momentos el mejor abrigo, y la oscuridad de las tardes, el destello que más claramente marca el camino a seguir.
Fui a Segovia para tratar de encontrar en buena medida ese regocijo. Y allí estaba. O, mejor dicho, estuvo desde el instante en que salí de casa hasta que regresé; en el camino de ida, en la estancia y en la vuelta. El café en Sisante se convierte, más que en una costumbre, en un hábito que se hace de manera espontánea, casi sin necesidad de previo aviso. Y nunca es igual, pero siempre igualmente grato. La gratitud, como siempre, de la estupenda compañía y de la agradable conversación, pero con el añadido, esta vez, de la estampa de una soleada mañana tras toda una noche nevando. Montones de nieve en esquinas y jardines, chuzos colgando de las tejas y calles convertidas en pistas de patinaje por las que la gente se atreve a transitar porque es día de mercado y hay que repetir, como cada viernes, la rutina de la compra.
El camino hasta la provincia de Cuenca tuvo algún momento de tensión, pero desde ahí hasta Segovia estaba ya totalmente expedito. El frío intenso me estaba esperando, pero también, al igual que en Sisante, la mejor de las compañías posibles. La sensación de sentirse en casa (quitando incluso el "como") mientras en la calle los termómetros se resisten a rebasar los 3 grados bajo cero. Pero la calle espera igualmente. El acueducto está ahí, a la vuelta de la esquina, pasando delante de la iglesia de San Justo. Y tras la maravilla romana, la atiborrada calle Real. No es para menos, en un puente así. Chaqueta, bufanda y guantes. Hace frío, mucho frío. Pero la conversación fluye y, con ella, la puesta al día, y también las risas. La cosa pinta bien.
Pintó bien desde la tarde del 3 de diciembre hasta la del día 8, por encima de cualquier eventualidad meteorológica. Pintaron bien pueblos que desde ahora me ufano de haber visitado como
Maderuelo, un bellísimo rincón incrustado en un peñón que desde hace unos 55 años tiene a sus pies el embalse de Linares del Arroyo (que 'sacrificó' el pueblo del mismo nombre), y que el 4 de diciembre mostraba una imagen difícilmente mejorable, pese a lo difícil que era también pasear por sus calles. Aunque 5 grados bajo cero apenas si se notan cuando te has bebido mano a mano con otra persona una botella de Rueda casi entera durante la comida y el sol sigue acompañando la tarde. ¿Lo malo? Que hay que volver pronto, antes de que conducir se vuelva una imprudencia... y no por el vino, cuyo efecto ya se ha disipado, sino por el frío que amenaza con congelar las carreteras una noche más.
A la mañana siguiente, no tan fría ni lluviosa, pero sí nublada, la calle Real volvía a ser el hervidero de casi cada día. En esa jornada, laboral para mi anfitrión, caminaba solo, al principio con la única compañía del ejemplar del día de 'El Adelantado'. Un intento, quizá vano, de pasar desapercibido entre la multitud, aunque no buscado, porque el periódico del día iba a comprarlo de cualquier forma. Para buscar discreción, mejor dejar de lado el eje principal acueducto-Catedral-Alcázar y callejear por vías más solitarias. ¿La paz buscada? En cierto modo, sí. Pero no debía engañarme; por muy discreto que fuera, yo no era otra cosa sino uno más de los miles de turistas que visitaban Segovia este puente. Y en un viaje no pueden faltar los regalos a la familia. Algunos ya estaban comprados desde el día anterior, pero otros aún esperaban.
Una tarta de ponche, que me dicen que es el 'clasicazo' de los dulces por excelencia. Pero también una algo tan cotidiano como una barra de pan, porque en casa de mi anfitrión no queda. Y para el embutido y el queso, el 'souvenir' que tengo que llevarme de allá donde voy siempre que puedo, mejor una carnicería 'de las de toda la vida' que hay ahí, sin llamar la atención. Quien la llama soy yo, cuando pido "embutido y queso de aquí": yo solo me basto para estamparme en la frente el sello de "turista". Pero trato de estar bien informado: me han dicho que en Gomezserracín se elaboran buenas viandas, así que cuando me ofrecen chorizo 'made in' el susodicho pueblo, con él que me quedo. Ah, y otra cotidianeidad: un cartón de leche, que no hacía falta pero yo pensaba que sí. Una vez más, al igual que en la pastelería, el elemento de discreción.
Era un turista en Segovia en el puente de la Constitución, uno más de tantos miles. Pero un turista que intentaba pasar desapercibido y sentir la ciudad como suya, aunque fuera por sólo unos días. Lo intenté con todas mis ganas; ahora bien, si lo conseguí o no, creo que eso debería determinarlo un tercero. Probablemente, hay 'dejes' que no pueden disimularse ni con un ejemplar de 'El Adelantado' bajo el brazo, ni comprando una barra de pan y un cartón de leche. Aunque creo que, si fuera segoviano, a menudo alzaría la vista para contemplar embobado los edificios al pasar por la calle Real, orgulloso de mi ciudad.

Saludos al personal.
Noche del 17 de diciembre de 2010