Hola,
Este blog nunca había tenido un paréntesis tan largo en sus casi cinco años de vida. No pretendía que fuera así, pero un día por otro, la desidia me ha hecho llegar hasta hoy. No obstante, creo que es una fecha adecuada para retomar la redacción: el 80 aniversario de la proclamación de la segunda República Española. Aunque en la deriva que tomó está bitácora hace tiempo hay cada vez menos opiniones políticas, creo que no está de más el aprovechar esta fecha para hacer un poco de apología de mi anhelo de que, alguna vez, los españoles podamos elegir a nuestro Jefe de Estado en las urnas, y que el cargo no sea vergonzosamente hereditario. Las circunstancias hicieron que los intentos de 1873 y 1931 resultaran fallidos, pero el tercero no tendría por qué ser así, ya que la sociedad ha avanzado mucho. Con todo, pienso que, por desgracia, aún hay demasiadas mentes trasnochadas en la actualidad.
Qué utopía, la de pensar en unos Presupuestos Generales del Estado sin una partida reservada para el mantenimiento de una familia cada vez más numerosa. Y que, de la misma forma que hoy por hoy cualquier recién nacido sea susceptible de llegar en un futuro a la Presidencia del Gobierno, también se pueda aspirar a presidir la República. Hay quien dice que sería más caro mantener a un Jefe de Estado de estas características. No comprendo por qué; además, en cualquier caso, ¿bajo qué argumentos se puede defender la continuidad de un sistema que perpetúa un anacrónico derecho de sangre?
En este contexto tan difícil para muchas personas, me repugna ver cómo se despilfarra dinero público en cuestiones como el mantenimiento de los Borbones o, en el plano de los cargos electos, los denominados "gastos de representación". Me gustaría saber cuánto se dilapidó, por ejemplo, durante los últimos días en que se pudieron llevar a cabo "inauguraciones", algunas tan esperpénticas como ese aeropuerto sin licencia de navegación aérea que han levantado a poco más de 200 kilómetros al norte de aquí. Aeropuertos sin aviones, hospitales sin enfermos, tranvías sin pasaje, promesas de futuro en forma de maqueta... ¿Y todo para qué? Sinceramente, no se me ocurre otra razón que el intento de parapetarse tras el biombo del poder durante cuatro años más.
Tanto que se les llena a muchos la boca culpando de los "recortes" al contrario, luego no tienen empacho en gastarse locaga falta con tal de parecer lo que no son por un día, o incluso por unas pocas horas. Se habla de reducir el presupuesto en áreas muy gravosas para las arcas públicas, como la sanidad, la educación o la función pública, pero vaya, de los altos cargos de confianza no habla nadie. Me suena haber oído que alguien propusiera la supresión de pequeños municipios para reducir el gasto público. ¡Oh, verbigracia! Quisiera tener tiempo como para hacer un estudio del gasto que suponen para el erario todos los ayuntamientos de menos de 100 habitantes, y comparar todo ese volumen con el montante que se lleva una sola ciudad de más de 500.000 vecinos. Total, a los políticos de despacho, da la franca impresión de que los escasos y por lo general mayores habitantes de las zonas rurales sólo les interesan por su voto en los grandes comicios; poco parece importarles si sus pueblos pueden regirse de forma autónoma o no.
Espero que nada me impida ir a votar el próximo 22 de mayo. Reconozco que lo haré con cierto desencanto, porque no me gusta lo que veo. Ahora bien, considero que es la principal ocasión que el sistema me da para influir en que las cosas cambien o no, y en poder criticar o no unos resultados electorales y una posterior gestión. Por ello, tengo muy clara mi intención de depositar en las urnas mis papeletas para decir quién creo que debe gobernar mi municipio y mi comunidad autónoma. Ya que prácticamente no puedo hacer otra cosa, no pienso renunciar a ese derecho. Y, a partir del lunes 23, como dicen los anuncios de contactos, "lo que surja".
Por otra parte, tampoco se me va de la cabeza que en estas elecciones no se contabilizará el voto de quien inesperadamente nos dejó el 25 de septiembre de 2010. Ese día perdí al que siempre fue un gran contertulio de política para mí; hay que ver cómo estábamos tan de acuerdo en todo, hasta en poner a caldo si hacía falta a aquellos que más gozaban de nuestras simpatías (y a quienes no nos eran simpáticos, ya les pitarían los oídos). A menudo pienso cuánto podríamos hablar comentando la actualidad, con todo lo que ha pasado desde su marcha. Me da rabia que mis impresiones se queden sin respuesta, pero aprendo a vivir con ello; el motivo más práctico es que no tengo otro remedio. Así, la ausencia va pasando de ser el lastre que era en los momentos iniciales a la simpática acompañante que es ahora. Alguien que sabes que va contigo, pero no te molesta, y que sabe muy bien cuándo ha de mostrarse y cuándo permanecer discreta en un segundo plano. Una cómplice, a veces.
Ánimo en los kilómetros solo al volante, en las noches de fiesta, en las jornadas laborales, en las conversaciones que enriquecen, en la voluntad para hacer ejercicio y dar puerta a muchos prejuicios... Artífice de todas las sonrisas que se brindan cada día a los demás. La paradoja de convertir el amargo vacío en algo que te llena a cada instante y te ayuda a seguir hacia adelante.
Mes y medio desde la anterior entrada, sí. En ese intervalo, tiempo para escaparse una semana de vacaciones, a destinos un poco repetidos, pero qué más da si cada momento es único, y si las buenas compañías precisamente se agradece que se repitan. Una semana de repeticiones... pero también de reencuentros capaces de gratificar como pocas otras cosas.
Debo haber aludido más de una vez en este blog a la canción de Joaquín Sabina Más de cien mentiras. Y hoy lo hago otra vez. Porque, por mucho que siempre haya algo que hiera, también hay otras muchas cosas que, como dice la citada pieza, "valen la pena". Así que, en este día republicano, que tengamos salud para vivirlas y contarlas.
Saludos al personal.
Noche del 14 de abril de 2011
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